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La clásica bolsa de frituras y el juguito ya no tienen el mismo lugar en la escuela. Nuevas reglas, más agua y una conversación distinta sobre el lunch están cambiando el recreo de primaria y secundaria en México.
Durante décadas, el recreo mexicano tuvo un reparto bastante reconocible: refresco o juguito, galletas, frituras y lo que alcanzara a comprarse en la cooperativa. Esa escena comenzó a cambiar de manera mucho más formal en 2025 y el ciclo escolar 2026-2027 será el segundo que comienza con las nuevas reglas plenamente vigentes.
Desde el 29 de marzo de 2025 entraron en vigor lineamientos para regular los alimentos y bebidas que se preparan, distribuyen y venden dentro de las escuelas. La regulación alcanza a planteles públicos y particulares del Sistema Educativo Nacional.
Entre los cambios más visibles está que los productos con sellos o leyendas del sistema de etiquetado frontal no deben formar parte de la oferta escolar. Al mismo tiempo, los lineamientos ponen énfasis en verduras, frutas, semillas y alimentos naturales, locales o de temporada, y señalan al agua simple como la opción de hidratación que debe promoverse.
No exactamente. El alcance de los lineamientos se concentra en la preparación, distribución y venta de alimentos dentro de los planteles. No establecen una lista federal de objetos o alimentos que cada familia esté obligada a meter en la lonchera.
Lo que sí existe es una estrategia para que escuela y familia empujen en la misma dirección. La SEP mantiene materiales dirigidos a madres, padres, docentes y estudiantes para promover refrigerios con mayor presencia de frutas, verduras y agua simple, y la plataforma de Nueva Escuela Mexicana incluso cuenta con recursos específicos sobre cómo armar una lonchera saludable.
Si hubiera que elegir un objeto que resume bien el nuevo recreo sería la botella o termo con agua. No porque la SEP obligue a comprar uno en particular, sino porque el agua simple ocupa ahora un lugar central en las recomendaciones oficiales frente a refrescos y otras bebidas azucaradas.
Con los alimentos ocurre algo parecido. Las orientaciones oficiales favorecen opciones sencillas y poco procesadas, como frutas y verduras, además de cereales, leguminosas y otros alimentos que puedan integrarse en un refrigerio adecuado para la edad y actividad del estudiante.
El cambio también obliga a mirar el lunch de otra manera. Que un producto tenga fruta dibujada en el envase, se venda en una porción pequeña o históricamente haya terminado en la lonchera no significa que sea la mejor opción. El etiquetado frontal permite identificar cuando un producto contiene excesos de azúcares, calorías, sodio o grasas, precisamente los criterios que ahora tienen consecuencias para su venta dentro de las escuelas.
La intención no es convertir esos minutos entre clases en una lección permanente de nutrición. Comer, platicar, jugar y descansar siguen siendo parte de la experiencia. Lo que cambió es el entorno en el que se toman algunas decisiones.
Un estudiante todavía puede llegar con su sándwich, su fruta o la comida que su familia acostumbra preparar. La diferencia es que, al acercarse a la cooperativa, la escuela ya no debería ofrecer exactamente el mismo catálogo de productos ultraprocesados que era habitual años atrás.
Así que quizá el recreo de 2026 no sea irreconocible para quienes fuimos a la primaria hace décadas. Sigue habiendo lonchera, hambre a media mañana y ganas de que toque el timbre. Pero lo que hay dentro, y sobre todo lo que la escuela puede vender alrededor, ya empezó a cambiar.