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Cámaras digitales, vinilos y Y2K: por qué la juventud volvió al pasado
03 de ago de 2026
Elegir la mejor película de un director es una forma bastante eficiente de comenzar una discusión. Estas siete obras no cerrarán el debate, pero concentran como pocas el estilo, las obsesiones y el talento de quienes las filmaron.
Un gran director puede tener varias películas extraordinarias, pero casi siempre existe una en la que todas sus ideas parecen coincidir: la historia correcta, el elenco perfecto y una manera de filmar que después será imitada durante décadas.
La elección siempre será discutible (para eso se inventaron las sobremesas y las redes sociales), pero estas siete películas pueden considerarse las obras maestras de sus respectivos directores.
Muchos elegirían Psicosis o La ventana indiscreta, pero ninguna película de Alfred Hitchcock resulta tan perturbadora como Vértigo. James Stewart interpreta a un detective retirado que sigue a una misteriosa mujer por las calles de San Francisco y termina obsesionado con convertir a otra persona en el recuerdo de alguien que perdió.
Estrenada en 1958 con una recepción inicialmente dividida, la película se transformó con los años en una de las obras más admiradas de la historia del cine. Más que un misterio, es una historia sobre el deseo, la manipulación y el peligro de enamorarse de una imagen inventada.
Antes de destruir ciudades, viajar al espacio y convertir cada estreno en un acontecimiento cinematográfico, Christopher Nolan filmó un thriller protagonizado por un hombre incapaz de crear nuevos recuerdos.
Memento cuenta la búsqueda de Leonard Shelby en orden inverso, obligando al espectador a reconstruir la historia con fotografías, notas y tatuajes. La película ya contenía prácticamente todo el cine que Nolan desarrollaría después: su obsesión con el tiempo, los protagonistas atormentados y las narraciones construidas como mecanismos de relojería. Su guion y edición fueron nominados al Óscar.
Tim Burton encontró su película más personal en la historia de un muchacho artificial que tiene tijeras en lugar de manos. Edward abandona el castillo donde vivía aislado y llega a un vecindario de casas idénticas, jardines impecables y habitantes aparentemente normales.
El contraste entre el mundo gótico de Edward y el suburbio color pastel resume todo el universo de Burton: personajes solitarios, humor extraño, belleza dentro de lo monstruoso y una profunda desconfianza hacia la normalidad. Johnny Depp y Winona Ryder completan un cuento de hadas moderno tan romántico como triste.
Antes de dirigir Barbie, Greta Gerwig filmó el drama de querer escapar de casa y descubrir, demasiado tarde, que también era el lugar al que pertenecías.
Saoirse Ronan interpreta a una adolescente de Sacramento que cambia su nombre, sueña con estudiar lejos y discute constantemente con su madre, interpretada por Laurie Metcalf. Gerwig convierte peleas familiares, primeras relaciones y pequeñas decepciones en una historia divertida y dolorosamente cercana. Su gran logro consiste en entender que una madre y una hija pueden quererse profundamente mientras se desesperan mutuamente.
Gene Hackman, Anjelica Huston, Gwyneth Paltrow, Ben Stiller, Luke Wilson y Bill Murray forman una familia tan disfuncional que hasta sus silencios tienen timing.
La historia de estos antiguos niños prodigio reúne todo lo que asociamos con Wes Anderson: composiciones simétricas, colores cuidadosamente seleccionados, música impecable, personajes excéntricos y una melancolía escondida detrás de cada chiste. Aquí terminó de escribir el manual visual y emocional que seguiría durante el resto de su carrera.
“Desde que tengo memoria, siempre quise ser un gánster”. Con esa frase comienza una película que muestra el crimen organizado sin la solemnidad de otras historias sobre la mafia.
Martin Scorsese sigue el ascenso y la caída de Henry Hill con narraciones en off, movimientos de cámara vertiginosos, violencia inesperada y una banda sonora que parece salir directamente de una rocola. Buenos muchachos primero vuelve seductor ese mundo de dinero y privilegios; después deja al espectador atrapado entre la paranoia, las traiciones y las consecuencias.
Naomi Watts se sumerge en un Hollywood surrealista en el que la identidad se desdobla y nada es exactamente lo que parece. Lo que comienza como la historia de una aspirante a actriz y una mujer que ha perdido la memoria termina convirtiéndose en un laberinto de sueños, culpa, deseo y frustración.
David Lynch transforma la fábrica de sueños en una pesadilla iluminada por anuncios de neón. Cada espectador puede encontrar una explicación diferente, pero escenas como la del Club Silencio funcionan incluso sin resolver el misterio. Lynch recibió por ella el Premio a Mejor Director en Cannes, compartido con Joel Coen.
Estas elecciones no significan que Psicosis, El caballero de la noche, Barbie, El gran hotel Budapest, Taxi Driver o Terciopelo azul sean películas menores. Solamente demuestran que los grandes directores tienen una habilidad especial para complicarnos cualquier lista.
Quizá una obra maestra no sea necesariamente la película más famosa ni la más premiada, sino aquella en la que un cineasta logra mostrarnos todo lo que sabe hacer sin dejar de sorprendernos.