Mareo, dolor de cabeza y cansancio pueden parecer consecuencias normales de un día caluroso. Sin embargo, cuando aparecen confusión, piel muy caliente o pérdida del conocimiento, es momento de actuar: podría tratarse de un golpe de calor.
Durante la canícula, pasar demasiado tiempo bajo el sol, realizar actividad física intensa o permanecer en un espacio mal ventilado puede elevar peligrosamente la temperatura corporal. El problema comienza cuando el organismo deja de enfriarse con eficacia y ya no consigue mantener su temperatura habitual.
El golpe de calor es una emergencia médica. El Instituto Mexicano del Seguro Social señala que puede presentarse con una temperatura corporal cercana o superior a los 40 °C, alteraciones del estado mental, piel caliente y enrojecida, respiración agitada, convulsiones o pérdida del conocimiento.
Antes de llegar a una situación crítica pueden aparecer mareo, dolor de cabeza, náuseas, debilidad, fatiga extrema, pulso acelerado, sed intensa o sudoración excesiva. Estas molestias no deben minimizarse, especialmente si la persona ha estado expuesta al calor durante varias horas.
Una señal particularmente importante es la confusión: responder de manera incoherente, caminar con dificultad, mostrarse desorientado o tener un comportamiento extraño indica que el calor ya podría estar afectando el funcionamiento del cerebro.
Aunque suele asociarse el golpe de calor con la ausencia de sudor, esto no siempre ocurre desde el inicio. Una persona puede comenzar con sudoración abundante y dejar de sudar conforme el cuadro se agrava.
Ante señales graves, lo primero es solicitar atención médica y trasladar a la persona a un lugar fresco, ventilado y lejos del sol. También se puede retirar el exceso de ropa y ayudar a reducir su temperatura con paños húmedos, agua fresca o ventilación.
No se debe obligar a beber a una persona que está confundida, inconsciente, vomita repetidamente o tiene dificultades para tragar, porque podría atragantarse. Tampoco conviene administrar medicamentos para bajar la fiebre: el aumento de temperatura no se debe a una infección y requiere enfriamiento físico y valoración médica.
Niñas y niños pequeños, personas adultas mayores, embarazadas, quienes viven con enfermedades crónicas y quienes trabajan o hacen ejercicio al aire libre tienen mayor riesgo. También necesitan vigilancia quienes permanecen dentro de vehículos, habitaciones cerradas o viviendas que acumulan calor.
La prevención comienza con acciones sencillas: evitar la exposición directa durante las horas más calurosas, tomar agua regularmente, vestir ropa ligera, descansar con frecuencia y nunca dejar a una persona o mascota dentro de un automóvil estacionado.
Durante la temporada de calor no todo mareo termina en una emergencia, pero esperar a que la persona se desmaye para reaccionar puede ser peligroso. Cuando el cuerpo deja de responder con normalidad, buscar ayuda rápidamente puede hacer una diferencia decisiva.