Julia Ducournau: el miedo también se filma en la piel

De Raw a Titane y ahora Alpha, Julia Ducournau ha convertido el cuerpo en un territorio narrativo: ahí aparecen deseo, miedo, enfermedad e identidad. Su cine incomoda, pero mira con ternura a quienes buscan cambiar sin pedir permiso.

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Hay directoras que cuentan historias y hay directoras que hacen que el cuerpo se convierta en la historia. Julia Ducournau pertenece al segundo grupo. En sus películas, la piel, la sangre, el deseo y la transformación no están ahí para provocar por deporte. Son la manera que tienen sus personajes de decir lo que todavía no pueden nombrar.

Una autora que mira donde incomoda

Ducournau estudió guion en La Fémis, una de las escuelas de cine más reconocidas de Francia, y presentó en Cannes su cortometraje Junior en 2011. Desde entonces, su cine ha encontrado una forma muy particular de hablar sobre la identidad y la vulnerabilidad: llevar las emociones hasta el cuerpo y dejar que ahí se vuelvan visibles. 

Su primer largometraje, Raw (Grave, 2016), seguía a Justine, una joven vegetariana que entra a la escuela de veterinaria y atraviesa un despertar tan físico como emocional. La película mezcló adolescencia, deseo, hambre y horror corporal, y ganó el premio FIPRESCI en la Semana de la Crítica de Cannes.  No era una historia de monstruos en el sentido clásico. Era, más bien, una película sobre lo extraño que puede sentirse crecer dentro de un cuerpo que todavía no terminamos de reconocer.

De Raw a Titane

Con Titane (2021), Ducournau llevó esas preguntas a un territorio todavía más radical. La película seguía a Alexia, una joven marcada por la violencia, el deseo y una relación imposible de explicar con el metal. El resultado fue un relato sobre la identidad, la familia elegida y la necesidad de ser querido incluso cuando una persona ya no sabe cómo presentarse ante los demás.

Titane ganó la Palma de Oro en Cannes y convirtió a Ducournau en la segunda directora en obtener el máximo reconocimiento del festival. El premio no volvió su cine más cómodo, pero sí hizo imposible ignorar una mirada que ya estaba trabajando con preguntas muy concretas: ¿qué pasa cuando el cuerpo cambia?, ¿quién decide qué cuerpos son aceptables?, ¿cuánto miedo produce aquello que no podemos clasificar?

Alpha: una enfermedad que también es miedo

En Alpha, su tercer largometraje, la directora baja el volumen del impacto visual, pero no abandona sus obsesiones. La protagonista es una adolescente de 13 años que vive con su madre. Después de volver de una fiesta con un tatuaje en el brazo, un gesto que podría parecer inofensivo despierta la sospecha de que está infectada por una enfermedad sanguínea que se extiende por la sociedad. 

La película está ambientada entre los años ochenta y noventa y construye una epidemia ficticia que remite al sida. No busca reconstruir literalmente la crisis del VIH, sino observar cómo se contagian el miedo, la vergüenza y el estigma. En la mirada de Ducournau, la enfermedad no solo afecta a quienes la padecen. También revela la forma en que una comunidad abandona, señala o deshumaniza a quienes considera diferentes. 

El cuerpo como memoria

Interpretada por Mélissa Boros, Alpha ocupa el centro de una historia sobre la adolescencia y la sospecha. A su alrededor están su madre, interpretada por Golshifteh Farahani, y Amin, su tío, interpretado por Tahar Rahim, un personaje que ya vive con la enfermedad. La presencia de ambos adultos convierte el relato en algo más que una historia de contagio: también es una historia sobre lo que una familia hereda, calla y trata de proteger.

La propia Ducournau ha explicado que trabajar con el cuerpo significa acercarse a la parte más íntima de una persona. Esa frase ayuda a entender el puente entre sus películas. En Raw, el cuerpo cambia mientras una joven intenta encontrar su lugar. En Titane, cambia hasta poner en crisis la identidad. En Alpha, se vuelve un archivo de la enfermedad, el miedo y la memoria social.

Una película para mirar más allá del shock

Alpha fue presentada en la Competencia Oficial de Cannes en 2025. Es una coproducción de Francia y Bélgica, dura 128 minutos y llegó a México con distribución de MUBI y clasificación B15, de acuerdo con la ficha de la Cineteca Nacional. 

La película confirma que Ducournau no está interesada en repetir una fórmula. Lo que permanece es su confianza en el cuerpo como un lugar narrativo, uno donde conviven el deseo, la vergüenza, la ternura y el terror. Por eso su cine puede ser incómodo, sí, pero también profundamente empático: debajo de cada transformación hay alguien intentando sobrevivir a la mirada de los demás.


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