El Super Bowl no solo es el evento deportivo más visto de Estados Unidos: es la pasarela más cara de la publicidad mundial. Marcas invierten millones en 30 segundos que se han convertido en piezas de cultura pop y arte visual.
Imagina gastar el equivalente a comprar una mansión en Malibú solo para que tu anuncio aparezca durante medio minuto en televisión. Suena descabellado, ¿verdad? Pues esa es exactamente la realidad del Super Bowl, donde los comerciales se han transformado en verdaderas obras de arte contemporáneo que rivalizan con cualquier instalación en una galería de Chelsea.
En 2024, un spot de 30 segundos durante el Super Bowl costó la friolera de 7 millones de dólares. Para poner esto en perspectiva: es más de lo que muchos artistas contemporáneos ganan en toda su carrera. Pero para marcas como Apple, Amazon o Budweiser, es una inversión que vale cada centavo. ¿La razón? Más de 100 millones de personas viendo simultáneamente, creando un momento cultural único en el año.
Lo fascinante es que estos comerciales han dejado de ser simples anuncios para convertirse en mini películas con directores de cine, efectos especiales dignos de Hollywood y narrativas que a veces superan en creatividad a las producciones cinematográficas del año.
El legendario comercial "1984" de Apple, dirigido por Ridley Scott, marcó un antes y un después. Con una producción que costó 900,000 dólares en 1984 (equivalente a más de 2.6 millones hoy), este anuncio no solo vendió computadoras: creó una estética distópica que influenció el diseño publicitario durante décadas. Hoy se estudia en escuelas de arte y comunicación como un parteaguas del storytelling visual.
Más recientemente, marcas como Squarespace han contratado a directores nominados al Oscar para crear sus spots. En 2020, el comercial protagonizado por Winona Ryder costó cerca de 10 millones de dólares contando producción y tiempo de aire. La línea entre publicidad y cine de autor se difumina cada vez más.
Una tendencia que ha dominado los últimos años es el "celebrity casting" masivo. El comercial de Uber Eats en 2024, que reunió a figuras como Jennifer Aniston y David Schwimmer, tuvo un costo de producción estimado en 15 millones de dólares. No es solo un anuncio: es un evento cultural que genera memes, conversaciones y análisis durante semanas.
Estas producciones emplean equipos completos de dirección de arte, cinematografía y post-producción que podrían estar trabajando en cualquier museo de arte contemporáneo. La diferencia es que su "galería" tiene 100 millones de visitantes simultáneos.
La pregunta que divide a críticos y creativos es: ¿pueden estos comerciales considerarse arte? Andy Warhol diría que sí rotundamente. El padre del Pop Art entendió antes que nadie que la frontera entre arte y publicidad es porosa, quizás inexistente. Jeff Koons ha declarado en entrevistas que algunos comerciales del Super Bowl tienen más valor artístico que muchas exposiciones contemporáneas.
Lo cierto es que estos anuncios incorporan técnicas de vanguardia: desde animación experimental hasta cinematografía de autor. Emplean narrativas no lineales, simbolismo visual y referencias culturales que requieren análisis. En ese sentido, cumplen con muchas definiciones de arte contemporáneo.
Con la llegada de la inteligencia artificial y la realidad aumentada, los comerciales del Super Bowl 2025 prometen llevar la experiencia a otro nivel. Marcas como Meta ya han anunciado inversiones que podrían superar los 20 millones de dólares por spot, incluyendo experiencias interactivas que difuminan aún más la línea entre entretenimiento, arte y publicidad.
Al final, estos comerciales representan algo fascinante: son el arte popular de nuestro tiempo, creado con presupuestos de museo pero consumido masivamente. Son efímeros pero memorables, comerciales pero culturales. Y sí, son terriblemente caros, pero en un mundo donde el arte de Basquiat se vende por 110 millones de dólares, tal vez 7 millones por 30 segundos de impacto cultural no suene tan descabellado después de todo.